Paula Marabot

La primera vez que vi el sol
Abrí los ojos y había luz. Mi compañero de habitación seguía durmiendo. La noche antes me había dicho que dormía tanto por culpa de la medicación, que lo dejaba grogui. A mí también me ayudaba a dormir el líquido que caía gota a gota, entrando en mis venas a través de una aguja demasiado grande para mi bracito.
Yo estaba muy cansado, completamente agotado, desde que nací. «Pero eso va a cambiar con la operación», decía mi madre intentando que yo no me diera cuenta de que estaba muerta de miedo. Imagino que verme tanto tiempo en el hospital, con sólo cuatro añitos, era más de lo que podía soportar. A los trece meses me habían diagnosticado poliomielitis y ella se culpaba por darme tantos besos y llenarme la cara de babas.
Mi madre dice que de bebé siempre estaba llorando y ella se agobiaba porque no sabía qué me pasaba. Hasta que un día el médico le dijo que a mí me dolían mucho la cabeza, los brazos y las piernas. También debió decirle que no me pusiera en el suelo, por temor a que me cayera y me hiciese daño. Hasta entonces, la única altura que conocía era la que separaba el suelo de sus brazos.
Pablo se despertó y se giró hacia mí, acariciándome con sus grandes ojos marrones.
—¡Buenos días, Antoñito! —saludó entre bostezos—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Cansado, como siempre —respondí.
—Bueno, hoy es el gran día. ¿Estás nervioso?
—Un poquito, pero la enfermera me ha dicho que me van a dormir y no me voy a enterar de nada. Y, cuando despierte, tendré las piernas más largas y más fuertes.
—Como los súper héroes.
—¡Sí, igual!
La enfermera entró en la habitación para hacer su ronda matutina.
—¿Cómo están mis chicos?
—¡Bieeeeen! —respondimos los dos a la vez.
—Antonio, tu madre viene de camino. Estará aquí contigo antes de que te llevemos a quirófano, así que puedes estar tranquilo.
Adela era la enfermera jefe. Debía ser muy mayor, porque tenía la cara llena de arrugas, muchas más que mi madre. Pero era un encanto de mujer. Todas las mañanas nos daba los buenos días con mucha alegría. Luego se sentaba en el borde de mi cama y me miraba como si yo fuese un cachorrito mientras me acariciaba el pelo. Hablaba conmigo hasta que otra enfermera, más joven que ella, nos traía la bandeja con el desayuno.
—Antonio, cariño, tú hoy no puedes desayunar.
—¿Por qué? Tengo hambre…
—No me hagas pucheros, canalla. No puedes comer nada antes de la operación porque vamos a dormirte.
—Pues yo todas las noches ceno y luego me duermo y no pasa nada.
Adela sonrió y siguió con su explicación.
—Es que este será un sueño más profundo; tanto que si se te sube la comida a la boca del estómago y te entran ganas de vomitar no te vas a dar cuenta y te puedes tragar el vómito.
—Puag, qué asco —exclamó Pablo encogiendo la cara.
Yo no podía aguantar la risa al verlo.
—Vaaale, no desayuno, pero cuando me despierte después de la operación me das algo rico.
—Claro que sí, cariño, eso está hecho.
Cuando desperté me asusté mucho. No sabía dónde estaba. Sólo se oía el pitido lejano de una máquina de esas que dicen si estás vivo o no.
—¿Tú quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Y Adela, dónde está? —dije pronunciando cada sílaba con dificultad.
—¡Vaya si te despertaste preguntón! —rio la enfermera.
—Soy Esperanza y te voy a cuidar durante un ratito. Estás en la Sala del Despertar. Cuando se te pase el efecto de la anestesia, te subiremos a tu habitación.
Deseando volver junto a mi amigo Pablo, cerré los ojos y caí frito. Soñé que tenía unos veinte años. Iba vestido como Superman y mis piernas eran largas y fuertes.
—La operación ha sido un éxito —comentó el cirujano—. Su hijo está descansando y en breve lo subirán a planta.
—¡Ay, gracias a Dios! —exclamó la madre de Antonio uniendo las palmas de las manos en señal de agradecimiento.
—Los próximos días van a ser difíciles para él. Es normal que experimente cambios de humor e incluso la culpe a usted de su situación. Le ruego que tenga paciencia.
—¿Qué quiere decir con eso, doctor?
—Me refiero a que, aunque la intervención ha ido bien, su hijo debe enfrentarse a las secuelas. Le hemos realizado una osteotomía y le hemos colocado un fijador de Wagner para provocar la elongación. Y ahora es cuando empieza lo más duro, que es el proceso de recuperación. Tendrá que permanecer en el hospital varias semanas y, cuando vuelvan a casa, tendrá que encargarse usted personalmente.
—¿Yo? Si yo no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—No se preocupe, se lo explicaremos con todo detalle. Además, podrá observar a la enfermera durante el tiempo que el niño permanezca en el hospital.
—Pero, yo creía que podríamos irnos a casa en cuanto se recuperase de la operación.
—Y así es. Pero se trata de un proceso largo. Le hemos colocado una barra de metal por fuera de la piel, paralela al muslo. De esa barra salen unos clavos perpendiculares que atraviesan la carne directamente y se enroscan en el hueso. En el centro de la barra hay un mecanismo con una tuerca. Al girar esa tuerca con una llave, la barra se estira sobre sí misma, como un telescopio, empujando los clavos hacia fuera y separando el hueso. En unos días, cuando empiece a formarse el callo blando en el hueso roto, empezaremos a girar la tuerca para separar milimétricamente los dos extremos del hueso roto. El cuerpo intentará rellenar ese hueco creando hueso nuevo.
»Lo ideal es alargar 1 milímetro al día. Como Antonio es aún muy pequeño, lo haremos en dos veces, a medio día y por la noche. Ese giro es el que tendrá que hacer usted cuando le demos el alta, además realizar las curas en la zona afectada.
La mujer escondió la cabeza entre las manos, mientras el suelo se la tragaba, hundiendo sus esperanzas en un panorama desolador. «La polio dejó el fémur tres centímetros más corto, si no traccionamos ahora, la escoliosis acabará por doblarle la columna», le había dijo el médico. Y, en ese momento, la decisión estaba clara. Sin embargo, pensar en su pequeño sufriendo con cada vuelta de tuerca la destrozaba. Quiso volver atrás en el tiempo, antes de la operación. Pero ya era imposible.
—¡Hola! —exclamó Pablo entusiasmado en cuanto abrí los ojos.
Mi madre despertó de su duermevela en el sillón de polipiel rojo y se acercó a cogerme la mano.
—Mi niño, ¿cómo estás?
—Bien —dije sin ser consciente de lo poco que iba a durar lo bueno.
—¡Mira lo que te he traído!
—¿Un regalo? —me ilusioné mientras rompía el colorido envoltorio de papel.
—Exacto. Has sido un niño muy valiente y te lo mereces.
—¡Es un coche de Guisval!
—¿Es el modelo que tú querías, no?
—Sí, mami, el Porsche 911 Carrera —sonreí mientras lo observaba a través de la ventana de plástico de la cajita—. Quiero ver cómo corre.
—Bueno, ya tendrás tiempo de jugar con él. Ahora tienes que descansar. Me ha dicho el doctor que todo ha salido muy bien y pronto podrás volver a casa.
—¿Cuándo, mañana?
—No cariño, cuando te recuperes. Ahora tienes que descansar y curarte las heridas.
—¿Qué heridas? —pregunté totalmente ajeno a la carnicería que me habían hecho.
Mi madre se quedó callada. Yo quería ver mis piernas, pero no podía moverme.
—Pablo, destápame.
Él no se lo pensó ni un segundo y cogió la esquina de la sábana, echándola hacia atrás.
—¡Me has mentido1 —grité—. ¡Me dijiste que sería un super héroe y parezco un robot!
Lloré desconsoladamente, como si ese fuera el último día de mi vida. Había dejado de ser un niño, así, de repente, para convertirme en un monstruo de hierro, con dos andamios en las piernas. No quería volver a casa, pero tampoco quería estar más tiempo en aquel hospital. Quería volverme invisible para que nadie más pudiera verme.
—Mi amor, todo va a ir bien —intentó consolarme mi madre acercándose para darme un beso en la frente.
En ese momento sentí una rabia terrible y levanté los brazos para detenerla, empujándole la tráquea hacia adentro sin querer. Ella se revolvió, girando hasta caer sobre el sillón, con las manos en la garganta, intentando recuperar la respiración. Creo que le hice mucho daño. Pero ella se recuperó enseguida y volvió a acercarse, esta vez sin tocarme.
—Sé que ahora se ve muy feo, pero cuando todo haya terminado, te alegrarás —sentenció carraspeando mientras ocultaba el horror bajo la sábana.
Pero no me alegré. Porque cada día era un suplicio. Encima de los hierros me habían puesto una escayola que me cubría desde el ombligo hasta los tobillos y las piernas me pesaban como si fueran las de un elefante. En medio de las dos piernas, tenía una barra de madera para unir los dos muslos por fuera del yeso, como si yo fuese una «A» gigante. Y en la parte de abajo, una ventanita dejaba el espacio justo para poder hacer mis necesidades. No podía moverme, y mucho menos levantarme de la cama. Tenía que hacer pipí en una botella de plástico que me ponían entre las piernas. Cuando quería hacer caca, mi madre me hacía rodar hacia un lado, como si fuera un tronco de madera, colocaba una cuña de metal rallada en el colchón justo donde iba a caer mi culo, y volvía a girarme hacia atrás para que quedara encajado encima de la cuña, que estaba más fría que el sofá de un pingüino. ¡A saber cuánta gente la había usado antes que yo! El yeso se me clavaba en la piel y los clavos me tiraban. Mi madre se frotaba las manos con colonia Nenuco para tapar un poco el olor y que yo no me sintiera tan humillado.
Tampoco podía comer lo que yo quería. Me alimentaban con arroz, plátanos y otras cosas que evitaran una posible diarrea, que, dadas las circunstancias, era mi peor enemigo. Sólo de pensar que un puré marrón y apestoso podría recorrerme todo el cuerpo bajo la escayola me daba escalofríos.
La tela del camisón estaba muy tiesa y me picaba todo el cuerpo. Además, no podía usar pantalones, así que parecía una niña. Las horas pasaban sin nada que hacer y yo me aburría como una ostra. Pablo ya había vuelto a casa y me sentía muy solo. Mi madre estaba allí, como un mueble más, callada y sintiéndose culpable. No quería decirme qué hora era, a pesar de mi insistencia, para que las curas me pillasen desprevenido. Ahora sé que lo hacía para evitarme el sufrimiento de la espera, pero, en aquel momento, yo seguía enfadado con ella por haber decidido que me operasen.
Cada vez que la enfermera entraba en la habitación se me bajaba toda la sangre a los pies y el corazón me latía debajo de cada uno de los tornillos que me atravesaban. Se acercaba a mí con cuidado y giraba las tuercas con una llave plateada, como si yo fuera un robot. Pero los robots no sienten ni padecen. Y a mí, con cada giro, se me doblaba la espalda del dolor. Las heridas me ardían por dentro. De mis ojos escapaban pequeñas gotas saladas y los boquetes de mis piernas lloraban lágrimas de sangre. Tras la primera cura, oí a la enfermera decirle a mi madre: «Hay riesgo de infección ósea, señora. Si los clavos supuran pus verde, me avisa de inmediato». ¡Pus verde! ¡Lo que me faltaba! ¡Qué asco!
Cuando las medicinas me hacían efecto y el dolor no era tan fuerte, pasaba las horas jugando con mi Porsche naranja deslizándolo sobre la escayola como si corriera por una montaña nevada. El movimiento del vehículo, que destacaba sobre el blanco del yeso con su capó negro y su franja lateral deportiva, me hipnotizaban. Me hacían olvidar por un rato dónde estaba.
Con el paso de los días, aprendí a averiguar qué hora era usando como referencia la comida que traía la enfermera y la luz que entraba por la ventana. Me acostumbré al olor a alcohol y a mercromina, que parecía sangre artificial con un toque dorado. Incluso el dolor se volvió parte de mi rutina.
Varias semanas después me llevaron a la sala de curas para quitarme todo el armatoste. Primero, un enfermero sacó los tornillos con una especie de manivela. Empezó a desenroscarlo a través de los huecos de la escayola y sentí que me rompía por dentro. Creí que me moría. Luego se acercó con una sierra y pensé que me iba a cortar las piernas. Jamás podré olvidar aquel ruido ensordecedor, la vibración del metal al rozar el yeso, ni el olor rancio a tiza húmeda y piel muerta. Cuando la escayola se partió en dos como la cáscara de un huevo, vi mis piernas: estaban delgadas y tiesas como palillos. Mi cerebro les daba la orden de moverse, pero me pesaban como si fueran de plomo. La piel estaba cuarteada y llena de escamas amarillentas que se desprendían, como la de una serpiente en plena muda. Tenía seis agujeros en carne viva, rodeados de costras duras de color marrón y restos del rojo oscuro de la mercromina.
Junto con las curas diarias, empezaron los masajes y movimientos forzosos de la rehabilitación, pero mis piernas no respondían.
La parte buena es que al fin pude salir de la cama y recorrer los pasillos, con la ayuda de un andador de hierro muy pesado. Y así fue como lo oí.
—Mami, ¿Qué es ese ruido?
—¿Qué ruido, cariño?
—Ese que se oye a lo lejos, como muchos rugidos a la vez.
Seguí el sonido empujando mi tacataca hasta llegar a una ventana, en la que un señor apoyaba medio cuerpo en dirección a la calle mientras fumaba un cigarrillo.
—¡Ese sonido, mamá! ¿No lo oyes?
—Yo sólo oigo el tráfico —respondió ella con total normalidad.
El tráfico… Durante mi encierro en el hospital el mundo exterior se había desvanecido. Allí dentro todo era silencio. Las ventanas estaban selladas y no se oía lo que pasaba fuera. Mi habitación daba al patio interior, así que el único paisaje que había visto durante mucho tiempo eran tuberías, el tejado del edificio contiguo y una escalera de incendios. No había teléfonos sonando, ni gente hablando, ni más coches que el Porche sobre mi escayola. Me quedé embobado mirando hacia la ventana, invadido por el humo y el olor a tabaco negro. Mi madre me cogió en brazos y se hizo un hueco.
—¿Me permite, caballero?
El hombre se marchó sin contestar, sin levantar siquiera la mirada, y nos dejó la inmensidad del mundo para nosotros solos.
—¡Mira, mamá! ¡Los coches son como el mío, pero más grandes! ¡Y llevan gente dentro!
Ella rio por primera vez en mucho tiempo y me abrazó con tanta ternura que aún puedo sentirlo.
Al día siguiente me dieron el alta. Debía continuar con mis ejercicios de rehabilitación en casa y pasar por el hospital para hacerme radiografías y revisiones periódicas que asegurasen que todo marchaba según lo esperado. Hacía calor, así que mi madre trajo un pantalón corto. «Así las heridas podrán respirar a través de las vendas», me dijo. Me lavó, me vistió, me perfumó y me enganchó en su cadera como si fuera un muñeco.
—¡Nos vamos a casa!
Bajó por las escaleras conmigo en brazos, con una sonrisa que le iluminaba la cara. Yo botaba con cada escalón, disfrutando del movimiento que se me había negado durante tantos meses. Cuando abrió la puerta de salida, una luz intensa me cegó y el calor me abofeteó. Esa fue la primera vez que vi el sol. O, al menos, que yo recordase.
Los años que siguieron a mi operación no fueron fáciles. Sufrí acoso escolar continuado. De adolescente, las chicas me miraban con pena; ninguna veía al chico que había bajo esa coraza endeble. La enfermedad siguió su curso y las muletas se convirtieron en mi única compañía. Descubrí que mi mejor amiga era una guitarra española que me había regalado mi madre por mi dieciocho cumpleaños. Pasaba las horas tocándola, sin mirar el reloj, sin acordarme de comer, hasta que me convertí en un auténtico profesional.
Me refugié en la música y me aparté de todo lo demás, incluida mi madre, quien jamás se perdonó haberme causado tanto sufrimiento siendo tan pequeño.
Ahora que soy padre comprendo por lo que debió pasar y no quisiera verme nunca en su pellejo. La pobre se fue de este mundo sin saber que, en realidad, sus besos eran lo único que me calmaba el dolor durante aquellos primeros años de vida. Y su voz. Tenía una voz preciosa.