top of page
imagen_el _hijo_de_las_olas_edited.jpg

Es un honor compartir contigo este momento tan especial. Como muestra de gratitud por tu apoyo en la presentación de mis libros, quiero regalarte el acceso exclusivo a El hijo de las olas. Este relato, premiado en el II Certamen de Poesía y Relato Corto de la Fundación Municipal de la Mujer de Cádiz (2003), es una pieza muy íntima que espero que te conmueva tanto como a mí al escribirla.

El hijo de las olas

 

   El frío húmedo de la noche apagaba el sopor provocado por las contracciones, que cada vez se hacían más intensas y dolorosas. Quería gritar, pero el aire helado sellaba sus labios, la paralizaba, dejándola en un tiritar continuo e implacable. Quería estirar las piernas para aliviar el dolor pero, al intentarlo, sus extremidades chocaban con los cuerpos encorvados de sus compañeros de viaje, hombres y mujeres que permanecían empaquetados en posición fetal, procurando ocupar el mínimo espacio posible entre las viejas y podridas maderas de la patera.

   No aguantaba más. Sentía que algo se quebraba en su interior, que se le rompían los huesos a la altura de la pelvis, que el bebé empujaba sin piedad, sin importarle dónde se encontraba su madre. La luna llena dejaba al descubierto los cuerpos de los viajeros, que tiritaban sin cesar dejando escapar desesperadas plegarias de entre sus labios rasgados por el intenso frío. Una ola de hielo subió por encima de la patera, cortándoles la respiración al tiempo que otra contracción, aún más fuerte, la atravesaba como una lanza. Minutos después, cuando cesó el dolor, sintió cómo un líquido caliente resbalaba por sus muslos prietos y oscuros y pensó que había llegado el fin; que su hijo no nacería vivo y que, si conseguía salir de la prisión de su vientre, moriría de un shock a causa de la baja temperatura. Notó cómo le daba una fuerte patada dentro de la barriga, como suplicando salir de allí inmediatamente.

   Una brisa repentina vino a romper la quietud de la noche e inoportunamente fue derivando en un viento cada vez más fuerte que hacía zozobrar la débil embarcación.

Alguien rompió el silencio. El rumor de las olas, aún lejano, le hacía suponer la proximidad de la costa. Todos se alborotaron sin modificar su posición fetal; de haberlo hecho, habrían caído al mar irremisiblemente.

Ella sonrió con angustia. Otra contracción la perforaba. Se agarró fuertemente a la madera y sus ojos, llenos de lágrimas, pidieron a su dios un poco de paciencia, una oportunidad de llegar a tierra, de poder ayudar a nacer a su hijo. Pero sus súplicas se ahogaron bajo las olas que en ese momento saltaban sobre la patera, llevándose consigo a tres de los viajeros. El zumbido del viento les impedía adivinar de dónde procedían los gritos de auxilio que tiznaban de horror aquella oscuridad. Gritos que el frío acalló en cuestión de segundos. El bebé parecía clavarle un puñal en las entrañas. Aulló, gimió, se desmayó.

 

   Abrió los ojos con dificultad. Había bastante luz, pero no conseguía enfocar ninguna imagen. No sabía dónde estaba, sólo que había claridad, que hacía calor, y que tenía la garganta seca. Haciendo un esfuerzo logró divisar frente a sus ojos un reloj colgado de una pared blanca. Una esfera roja que atrapaba unos números borrosos y dos agujas que ella aún no podía ver. Oyó voces: un hombre y una mujer hablaban en una lengua que no era la suya. Giró despacio la cabeza y distinguió su brazo. Tenía puesto un gotero. Se sentía pesada y muy débil. Levantó como pudo la cabeza en dirección a su barriga, que se extendía plana sobre la camilla. El bebé no estaba. Intentó hablar, pero no pudo. Sus ojos volvieron a cruzarse con el reloj. Ahora sí podía verlo con nitidez: Las 4:25. El silencio era, a ratos, sepulcral, angustioso. Los enfermeros alternaban la lectura del periódico con las visitas a las camillas, a todas excepto a la suya. ¿Dónde estaría el bebé? Por un momento imaginó un milagro, que todo abría salido bien y que su hijo estaría en una de las incubadoras, dando una nota de color a la blancura extrema de aquel hospital. Pero conforme pasaban los minutos, fue comprendiendo que aquello era imposible; los milagros no existían. Se durmió.

   Despertó dando tumbos con su camilla, guiada por un celador bigotudo y con cara de pocos amigos que la hizo cruzar dos largos pasillos, la metió en un ascensor y la dejó en una habitación, separándola de su compañera de cuarto mediante una cortina gris. Volvió a oír voces. La familia que estaba a su lado celebraba el nacimiento de un niño sano, gordito y sonrosado, llamado Darío. Ojalá tuvieran para ella tan buenas nuevas. Llegó una enfermera. Apretó los labios y le tomó la mano. Sus ojos le dieron la noticia. La enfermera negó con la cabeza al tiempo que escondía su mirada, impotente. Ella cerró los ojos y suspiró profundamente. Su hijo había nacido muerto. Sintió que empezaba a dolerle el vientre. Instintivamente se llevó la mano a la barriga y pudo contar bajo una venda veinticinco grapas de sutura. La enfermera le cambió el gotero y se marchó. Ella tragó saliva y, en el trago, enterró sus esperanzas. No soltó ni una lágrima; sus ojos se resistían a derrochar más energías.

   Al caer la tarde, uno de sus compañeros de viaje fue a visitarla. Uno de los pocos que sobrevivieron al temporal. La mayoría habían caído al mar, entre ellos el padre del bebé. Los demás, debían regresar a su país. El gobierno se encargaría del traslado, esta vez en mejores condiciones, con comida, asientos y mantas. Eso era todo lo que tenía que decirle. La besó en la frente. Ella permanecía hierática, con la mirada fija en un punto desconocido, con los labios sellados y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Él le regaló una frase de aliento, un dicho del país del que huían y al que ahora debían regresar, y se marchó. Ella se quedó tumbada en la camilla, con la mirada perdida y la legua muerta; tan muerta como su bebé. Ni siquiera sabía si era niño o niña. Ya no importaba, porque no podía verle, porque ya no estaba aquí; porque, en realidad, nunca lo había estado. La huída le había costado tres vidas: la del bebé, la de su esposo y la suya propia. Pues de vuelta a casa le esperaba una auténtica condena; el recuerdo atormentado de lo que pudo ser y no fue, de su lucha por sobrevivir, de sus esperanzas truncadas; la muerte en vida.

   Decidió que no volvería a hablar; que enterraría en lo más profundo de su alma las palabras, aquellas traidoras que la habían llevado a ese punto en el camino de la vida. No quería seguir viviendo, pero su religión no le dejaba otra opción. Era una viuda cosida, una mujer usada y vieja, un despojo de la sociedad. Regresaría sí, pero muda. Callada ante la crueldad de los hombres; sumisa hasta el fin de sus días. Robaría las palabras bellas, las caricias y las lágrimas, y las guardaría durante años. Y así, en silencio, esperaría el momento de dárselas a su hijo y a su esposo, de reunirse con ellos en un mundo donde, según dicen, no falta el pan, ni el agua; donde no hay guerras ni odios; donde todos somos iguales.

bottom of page