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Somos escritores, no monos de feria.

Actualizado: hace 3 días

La delgada línea entre la promoción literaria y el ridículo digital

El otro día me topé en TikTok con un vídeo que me dejó una mezcla de ternura y absoluto espanto. En él, una escritora novel —que no pasaría de los veinte años— saltaba a la pata coja en su habitación. Sobre la imagen, un texto resumía el drama de nuestra época: „Yo creía que me iba a hacer famosa escribiendo un libro. Y ahora resulta que para conseguirlo tengo que hacer el tonto“.

La escena da risa, pero el trasfondo es trágico. Describe a la perfección el síndrome del escritor reconvertido en animador de pista; el colapso de un oficio que ha cambiado las horas de corrección y el pulido de la palabra por la tiranía del algoritmo de turno.

Está muy bien estar al tanto de las tendencias en redes sociales. Negar que las plataformas son un escaparate imprescindible para un autor hoy en día sería de un cinismo absurdo. Ganar seguidores es positivo, por supuesto. El problema no es la promoción; el problema es el precio que estás dispuesto a pagar por ella. Porque lo que está en juego no son las ventas de este mes: es tu futuro y tu imagen pública como escritor.


La trampa de la métrica de vanidad

Vivimos en la era de la gratificación instantánea. Es tentador publicar un vídeo rapándote la cabeza para celebrar que has llegado a los mil seguidores, o sumarte al último baile viral con tu novela en la mano. Puede que la red premie seguir tendencias. Puede que obtengas miles de visualizaciones y que el contador de followers se dispare.

Pero hagamos un análisis frío de la situación: ¿quiénes son esas personas?

Cuando rebajas tu marca al nivel de la ocurrencia vacía, el algoritmo te indexa en el cajón del entretenimiento rápido. Esos miles de usuarios nuevos no son tus lectores; no son tu público objetivo. Es una masa de jóvenes —y no tan jóvenes— que consume tu pirueta en tres segundos, pasa al siguiente vídeo y jamás leerá una sola línea de tu libro. Has cambiado prestigio por ruido. Has ganado números, pero has perdido potenciales lectores.


El precio de borrar el historial

Hay un factor que los autores noveles suelen ignorar debido a la urgencia del debut: la memoria de la red. Una mala novela se puede retirar del mercado, reescribir o maquilar bajo pseudónimo. Un vídeo haciendo el ridículo en internet se queda incrustado en el imaginario colectivo y en los servidores de la red de por vida. Es una mancha digital tremendamente difícil de eliminar.

Construir una reputación literaria sólida, seria y respetable —el tipo de reputación que hace que una biblioteca internacional te abra las puertas para una presentación bilingüe o que un lector maduro compre tu obra en Amazon— cuesta años de trabajo y rigor. Destruirla, lo que dura un trend de quince segundos.

Si tratas tu propia obra como un chiste, no esperes que la crítica, las editoriales independientes o los lectores exigentes la traten como literatura.


Dónde empieza la promoción y dónde acaba tu futuro

La literatura y la comunicación de marca no exigen que nos convirtamos en eremitas inaccesibles. Se puede (y se debe) hacer contenido atractivo: hablar del proceso de documentación, debatir sobre la traducción, desgranar la psicología de un personaje o mostrar la trastienda de una corrección. Eso es aportar valor. Eso es atraer a personas que respetan la palabra escrita y que terminarán comprando tus libros porque les interesa tu mente, no tus dotes de baile.

Hacer promoción es abrir una ventana a tu universo literario. Hacer el mono de feria es mendigar una atención que, además de efímera, es estéril. Al final, ser escritor consiste en entender que el algoritmo es una herramienta que debe trabajar para nosotros, y al revés. Nuestra dignidad creativa no cotiza en la bolsa de los likes.


Y vosotros, ¿dónde ponéis el límite a la hora de promocionar vuestro trabajo en el entorno digital? ¿Creéis que las redes sociales están devaluando la figura del escritor o que simplemente hay nuevas reglas del juego que debemos aceptar?

Os leo en los comentarios.

 
 
 

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